lunes, 14 de noviembre de 2011

RAÚL DEL POZO EN QUÉ LEER



El popular periodista conquense, heredero del espacio que antes llenaba Umbral con sus columnas, ha sido el ganador del último Premio Primavera con “El reclamo” (Espasa). Junto al finalista, Alejandro Palomas [cuyo “El alma del mundo” reseñamos en este mismo número], se embarcó en una gira promocional que no fue como las de antaño (la crisis, ya se sabe), pero que sí resultó entrañable y bonachona, con sus momentos para el vinito acompañado de almendras y la innegociable pausa a la hora de la siesta. texto INÉS GARCÍA-ALBI fotos ASÍS G. AYERBE

Raúl del Pozo tiene el culo pelado. El culo pelado de escribir, de entrevistar, de reportajear, de mandar crónicas, de buscar información, de buscarse la vida, de ganarse a la gente. Se ha pateado América cubriendo las insurrecciones y también ha escrito sucesos en El Caso. Y empezó como se empezaba antes, en el diario local, en el de su ciudad, en el diario de Cuenca. Así que tiene mucho a su espalda y eso se nota. Es de la vieja escuela, de aquellos periodistas, según dice él, que se ofendían si les llamaban caballeros. Pero él lo es. Educado, siempre con una palabra amable en la boca, nunca se va de los bares, de los diarios o de las emisoras que visita sin despedirse. De todos. Del jefe y del que abre la puerta. Siempre tiene una palabra amable. Para todos, para el que le reconoce en la calle por sus apariciones en televisión y para el que no. Lo sé porque he sido su sombra en la gira promocional de su libro El reclamo, ganador del Primavera 2011. Bueno, una gira adecuada a los tiempos que corren. Donde antes se recorrían diez ciudades, ahora se patean cuatro. Donde antes se organizaban diez comidas con la prensa, ahora sólo son cuatro o menos. Depende de la ciudad. La gira versión crisis tiene sus puntos positivos y este año no lloraré inconsolable ante la báscula y a mi operación bikini habitual no tendré que sumar los kilos del “Primavera”. Porque estoy segura de que con Raúl hubieran sido muchos. Él es muy disfrutón y, en cuanto dan las doce, ya reclama ese vinito con patatas fritas o unas almendrucas. Sí, claro, puedo no acompañarle y tomar una Coca-Cola como pedía el finalista, Alejandro Palomas, mucho más austero en gustos culinarios que su compañero, pero Raúl es insistente y la fuerza de voluntad, débil.
Las giras pueden complicarse por varias, múltiples razones: que a los periodistas de las diferentes ciudades no les interesen en demasía los autores y sus respectivas novelas –hay ciudades más hueso pero otras, no pienso dar nombres, muy agradecidas–; que los autores sean, por así decirlo, un poco tiquismiquis y se quejen de todo; que sean encantadores pero que entre ellos no congenien; que se pongan celosos porque uno tiene más entrevistas que otro… En fin, puede pasar de todo, pero en esta ocasión, y siento desilusionar a los amantes del cotilleo, no hubo problemas de ningún tipo, si exceptuamos que a Alejandro Palomas le robaron el iPhone y durante su estancia en Valencia estuvo noqueado varias horas odiando a la humanidad hasta que, gracias al buen hacer de Raúl –al que no hay quien lo gane cuando se pone insistente–, pudo volver a conectarse con el mundo a través de un iPhone nuevo y gratuito. Alejandro volvió a sonreír, recobró la fe en la humanidad y se convirtió en fan de Raúl.

El oficio más hermoso
Todo empezó el 7 de abril. Era el día elegido para presentar las dos novelas en sociedad. Nervios de estreno. Por la mañana, entrevistas varias. Raul llegó a las 10, puntual y de buen humor. Chaqueta azul, pantalón gris y corbata. Será su vestuario habitual. El buen humor y la puntualidad, también. A las 12, más o menos, reclama el aperitivo. ¿Un vinito blanco? A diferencia de otros autores y periodistas –tampoco voy a dar nombres–, Del Pozo nunca se queja por una entrevista. Es más, en alguna ocasión, cuando termina le reconoce a su entrevistador “qué buena entrevista me ha hecho. Es muy buena”. Y se mete al respetable en el bolsillo. Porque claro, una cosa es que un colega te celebre la entrevista y otra es que te lo diga un periodista que ha ganado más premios que Carracuca: el Pedro Rodríguez, el Francisco Cerecero, el González Ruano y el Mariano de Cavia. Casi nada.
Por la noche, la fiesta. Está nervioso. Parece mentira con lo que lleva a las espaldas. Bueno, hablar delante de un auditorio de cuatrocientas personas tampoco es moco de pavo, por mucha experiencia que se tenga. Me confiesa que le pone más nervioso hablar delante de los amigos que ante desconocidos. La presentación la hará su amiga y compañera de faena Carmen Rigalt, y en las gradas, caras conocidas, perros viejos como él. Reconozco a José María García. Está igual que en sus épocas gloriosas. Parece que ha hecho un pacto con el diablo. No ha cambiado un ápice. El fotógrafo Raúl Cancio, ídem. Vienen muchos de sus amigos: Soraya Sáenz de Santamaría, el director del CNI Félix Sánz, Javier López de Liaño. Palabras, discursos, saludos, un vinito en el jardín. Primera prueba superada.
En las giras promocionales, las entrevistas responden muchas veces al mismo molde. ¿Me cuentas qué es El reclamo? ¿Has vuelto a la Cuenca de tu infancia? Raúl lleva varias respuestas en el bolsillo. “El reclamo no es una novela de maquis, los maquis son una excusa, la novela es el paisaje, es el río, los alimoches y la historia de unos hombres que fueron protagonistas del la Historia con mayúscula sin saberlo, los maquis; es como una película del Oeste”. El paisaje vuelve repetidamente a su discurso durante la gira. Es el paisaje de su infancia, donde se crió, su Cuenca natal, tan presente en él, los montes que recorría, los maquis a los que se encontraba en su camino, unos hombres que les daban latas de sardinas, el miedo, el silencio impuesto por los mayores. Su infancia, la posguerra, el desencanto de la izquierda, los héroes anónimos, la transformación de España, donde antes se amansaba halcones y olía a pólvora ahora hay campos de golf y cotos de caza. Cuando le entrevista algún medio que dirige la charla a una vertiente más política, entonces habla de la recuperación de la memoria histórica –cree que los familiares tienen derecho a enterrar sus muertos, pero no le gusta el circo mediático alrededor de las fosas– y de una de sus épocas doradas como periodista, la Transición, que recuerda como “un tiempo convulso y emocionante, un ventarrón de libertad. Hay mucho por escribir de aquella época en la que los españoles olvidaron el rencor y el dogmatismo”. Él tuvo la suerte que le tocara vivir ese momento ejerciendo, según dice, “el oficio más hermoso del mundo”, y recuerda cómo Cela –al que cita a menudo– decía que la información política era para escritores sin talento, “pero es lo que nos tocó en la transición; era la noticia”.
Le gusta hablar de periodismo, aunque no es de los que van contando batallitas del pasado, para nada. Hay que ir sonsacándole. Al final me entero de que su recuerdo más preciado es el día que estuvo junto a los astronautas que salían desde Cabo Kennedy para ir a la Luna. Él prefiere hablar de política actual, de lo que ocurre en el país, de lo que escribe en su columna diaria, tan suya, tan de él, El ruido de la calle, un lugar que heredó de Umbral en 2007, y también de cómo están los medios, y muchas veces le he oído que ahora interesa más “un polvo de unos desconocidos debajo de un colchón que una novela”, y que Zapatero quedará en la historia, a pesar de sus errores, como el presidente más demócrata y más de izquierdas de nuestra democracia.

Mejor la campaña electoral
Pero volvamos a la carretera, a la road movie de la promoción. Me informa de que él no vuela. Tiene vértigo. Está lleno de manías, me dice. Tampoco conduce. Menos mal que este año viajamos poco. Tiene conductor que le trae y le lleva. A Valencia y Barcelona en AVE, a Bilbao con el coche y el conductor. Y, estemos donde estemos, siempre se las arregla para dormir un rato de siesta. En Valencia, en casa de su hermano, al que invita a la comida de prensa; en Bilbao, en el hotel; y en Barcelona, en el salón de mi casa. Luego comparte merienda con mi hijo pequeño enfermo, mi sobrino que está de canguro y el resto de la familia. Encantado, aunque la visita es corta porque a las 6:30 hay que estar al pie del cañón en las librerías de El Corte Inglés. La firma obliga. ¡A ver si nos estrenamos! Es la apuesta de cada día. Hoy seguro que firmo uno o ninguno. En Barcelona, Alejandro juega en casa y gana. Raúl dice que él en Barcelona no firma, que no es su público, pero estampa la rúbrica en algún que otro ejemplar. Cuenta que en esta ciudad hizo mucho el golfo. Se conocía muy bien los garitos del barrio chino; Barcelona, en los 1960 y 1970, era como ir a otro mundo. Disfruta en todas las comidas. Con el arroz valenciano, la caza en Barcelona y la merluza en Bilbao. Por las mañanas me pregunta si sé cómo va la novela. “Con la que está cayendo es difícil vender”, afirma. Pero también tiene experiencia en eso. No es su primera novela. En un programa de televisión en Bilbao le peguntan por sus otros libros. Y lo va contando: Noche de tahúres (“ah, esto es cuando fui ludópata, un viaje al infierno”), A Bambi no le gustan los miércoles (“son una serie de retratos de aristócratas, políticos y otra fauna mediática”), y así hasta cinco. Torea bien las entrevistas, pero no sé si le gustan mucho. Al final de la gira, me comenta que las giras electorales y las promocionales se parecen mucho: “Ambas son un maratón de marketing, aunque prefiero las electorales. Paso menos vergüenza”. Será eso.

1 comentario:

Carlos dijo...

Hijo raul se te ve mas el plumero , tienes como una pátina de ecuanimidad que es absolutamente falsa , eres de lo que se llama ahora uno mas , un votante genetico , eres ROJO , jeje y no tienes ni 2 dedos de frente , escribes normalito , pero ya hablando eres peor que doña Sofia , Tu reina