lunes, 13 de febrero de 2012

Reforma laboral, de Raúl del Pozo en El Mundo

La metáfora da eternidad al estilo, clarifica lo oscuro, llena el lenguaje abstracto de cosas de la vida. Federico García Lorca escuchó decir a un labrador de Granada: «A los mimbres les gusta estar siempre en la lengua del río» . El mismo Federico llamaba buey de agua al profundo cauce y veía las barbas rojas del Guadalquivir. Fray Luis de León observó cómo el Tajo sacaba pecho. El castellano es un turbión de palabras musicales con las que se juega y se pelea. Eran buenas las metáforas barrocas, surrealistas antes de tiempo, que llamaban a los pájaros cítaras de pluma. Hoy el lenguaje, sobre todo el político, se ha vulgarizado, pero no en plan paladino; incurre en la grosería de llamar al pan y al vino para que aplaudan en los platós o en los mítines o configura un discurso lleno de neologismos y expresiones extranjeras.

En estos días los políticos emplean un lenguaje confuso para intoxicar a la gente ante la inminente reforma laboral, que como muy bien ha profetizado Mariano Rajoy va a costar una huelga general. Se prepara un golpe duro al Estado del Bienestar, a los derechos de los asalariados conseguidos durante siglo y medio, y lo que hay que desear es que las víctimas se abstengan de blasfemar porque, como aconsejó uno de los dirigentes de la izquierda, la blasfemia constituye un legado de la esclavitud.

Como siempre, la lucha final es un combate de metáforas, una barricada de palabras. Vivimos días duros y hay que exigir por lo menos honradez en la retórica. Ni tacos ni mentiras. Llamar flexibilidad laboral a lo que va a ser facilidad de despido, crecimiento negativo a la depresión, no son sino rodeos y circunloquios para oscurecer la realidad, para quitar crueldad a las acciones de Gobierno.

No sé cómo olvidan que todo ese trajín se vuelve en contra de los políticos, como quedó bien demostrado en la etapa de Zapatero. Los parados no son hoy ejército de reserva o carne de cañón, como decían los agitadores antiguos. La ventaja retórica del marxismo se ha estrellado en el muro del fin de la Historia y la lucha de clases suena a pleistoceno porque hoy el enemigo no es el capitalista sino la deuda. La izquierda no ha renovado las metáforas, pero tampoco han inventado un nuevo lenguaje los liberal-conservadores.

Ya veremos lo que dice hoy en el Congreso Fátima Báñez, ministra de Trabajo. Antes de su presentación en la Cámara ha declarado que la reforma laboral contará con el respaldo de todos los ciudadanos. ¿Y cómo lo sabe? El lenguaje que emplea, aunque es andaluza de Huelva, no tiene nada que ver con la lengua y las barbas de los ríos, sino con una jerga tecnocrática repleta de pleonasmos. Habla de «mejorar la empleabilidad de los empleados» cuando lo que llega es una bajada de salarios y un abaratamiento del despido.

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